C  E  I  B  O

CEIBO

Ziunandí (en guaraní), Chilijchi (en Aimará)

Cuñuri (en Quechua), Erythrina crista-galli

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El Ceibo es la flor nacional. Es un árbol de hasta 6m de altura y sus flores son de color rojo y se presentan en primavera-verano. Habita en los bordes de los ríos.

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Atrae especialmente a los colibríes y a muchas otras aves como Zorzal colorado, Churrinche, Suirirí Real, Tijereta, Carpintero, Fío fío Grande, Chiví, Espinero grande, Suirirí amarillo.

Ubicación y riego: como crece en los bordes de los ríos le gusta el sol y el agua.

Cosecha: desde marzo hasta junio

Floración: desde fines de septiembre hasta fines de marzo.

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El relato cuenta que la valiente muchacha guaraní pertenecía a una belicosa e indomable tribu y que, al ser capturada prisionera durante una batalla, se la condenó a ser quemada viva. El martirio de la valiente joven, fue motivo de su transformación en la planta o la flor del Ceibo, según sea la versión que se escuche. Dicen que no fue agraciada por la belleza. Era la más fea de todas pero tenía una maravillosa voz y cantaba con tanta dulzura que encantaba a todos cuando modulaba las meloíias de su tribu. Era noble de corazón y de manera afables. Su espigada estampa era signo de vigor, audacia y valentía, cualidades que demostraría muy pronto. No tenía hermosas facciones, pero sí belleza de alma y un coraje solidario que ennoblecía su persona,

 

Un día, sobrevino un ataque al táva (pueblo) de su grupo. Sin titubear, la joven Anahí, se sumó a los guerreros de su tribu para defender el hogar y la comunidad. Lo hizo con increíble bravura. En medio del combate, se le veía altiva y decidida. En denodada lucha demostró las ansias de libertad de su estirpe. Pero la ferocidad de los guaikuru y el tronar de arcabuses, consiguieron reducir a los defensores. A Anahí, la tomaron prisionera y fue llevada atada, por el temor que inspiraba su irreductible decisión de luchar. La pequeña muchacha de la hermosa y dulce voz, resultó ser una admirable guerrera.

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(Obra de la artista Mirta Toledo)

Encerrada, triste y sola, por momentos cantaba con su invencible y melodiosa voz. Era tan cautivante su dulce voz, que el propio centinela quedó a su vez preso de sus canciones. No faltó el momento del descuido. Anahí, le asestó un un sorpresivo y violento golpe con un trozo de palo que pudo tomar. Dándole en la nuca, con todas sus fuerzas, dejó tendido al cuidador y salió prestamente, en frenética huida del lugar.

Ya había ganado el bosque cuando la alcanzaron. Nuevamente fue capturada y condenada a morir en la hoguera. Los españoles alentaron y permitieron el sacrificio para complacer a sus furiosos aliados guaikuru, y para dar un castigo ejemplar a quienes querían escapar al yugo del vasallaje. Además, creían que Anahí podría tener poderes ocultos de hechicera o bruja.

 

Esa noche, cuando la luna llena alumbraba con todo su vigor, el pequeño cuerpo de la abnegada y decidida muchacha, fue atada a un poste a orillas del río. Enseguida trajeron montones de leñas que fueron apiladas alrededor de la prisionera. Un danza ritual de los guaikuru, acompañó la ceremonia y dio comienzo a la inmolación de Anahí. Un denso humo negro cubrió la escena de la quema en vida de la infortunada víctima. No se escuchó ningún grito desesperado, ni llantos. Solamente una quejumbre que más bien parecía un murmullo de amenazas, un sordo canto fúnebre.

 

Seguramente tenía conciencia que su sacrificio era el símbolo de la defensa de la heredad y las ansias de libertad de su pueblo. Ofrendó su vida con serenidad y coraje. Una vez que ardieron los leños, el negro humo fue disipándose. Al llegar los resplandores del alba, cuando las llamas habían consumido el cuerpo sacrificado en un holocausto de venganza sin piedad, quienes martirizaron a la pequeña y valiente guerrera, vieron con asombro que sobre las cenizas que dejaron las lenguas de fuego, algo se agitaba. La luz de la madrugada mostró que, en el lugar del tronco que había servido para atar a la joven de dulce voz, estaba erguido un árbol cuya rugosa corteza formaba unos canales que parecían llamas danzando. En sus verdes ramas, lucían ramilletes de rojas flores. Eran como si la sangre de Anahí estuviera manando en gotas vegetales. El Ceibo, representa el alma indomable y altiva de una estirpe que no quiere morir. Su presencia, muchas veces solitaria en los montes, recuerda a quienes supieron morir por su libertad. Es un árbol rústico, casi hosco, cuya flor, por el indomable espíritu de Anahí, no puede llevarse sobre el pecho. La voz dulce de la indiecita fea, anida en ella.

 

Del libro “Mitos y leyendas guaraníes” de Girala Yampey (Edición del autor;2003; Asunción, Paraguay)

(Foto: Cosecha de Ceibo en el Bajo de San Isidro)

Acerca de Un Árbol para mi Vereda

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